Estados Unidos. Por algún sitio apartados del mundo. Él y yo.
Se llama Marc. Me va enseñando el lugar, y las cosas fascinantes que por aquí te encuentras. Tiene mi edad, aunque es más alto que yo, de espalda ancha y delgadito. Sus ojos marrones como el café recién hecho le caracterizan, y su pelo negro, corto y rizado destaca por encima de todo.
Sonrisa que te hace perder la cabeza; de esas que piensas: "Por favor deja de sonreír que me enamoro". Lleva vaqueros, no muy apretados, y una camiseta cualquiera que ha cogido del armario nada más levantarse. Sus zapatos están bastante destrozados, con agujeros por todas partes; se nota que ha vivido muchas cosas con ellos, y que le traen muchos recuerdos que no va a permitir que, en un despiste, su madre le tire a la basura. Ese acentillo americano que tan locas nos vuelve a todas está marcado con fuerza, pero se le entiende bien cuando habla.
Llevamos un buen rato andando por en medio del bosque.
Llegamos a un río, tampoco demasiado ancho, pues eran ahí donde nacía. En la otra orilla, hay un cocodrilo de grandes dimensiones, de un color verde apagado, que refleja la vejez de aquel animal. Marc le empieza a echar agua con la mano para ver si realmente está dormido o es sólo una estrategia. Al parecer, está en un profundo sueño, por lo que Marc y yo cruzamos el río por unas piedras que, con suerte, hemos encontrado. Caminamos lo más lejos del animal que podemos y vemos que hay dos formas de continuar: Una, por la orilla del río que, evidentemente, no es la más segura, puesto que no todos los cocodrilos duermen, y muchos estarán al acecho a ver qué pueden llevarse a la boca, y la otra, escalando rocas y rocas hasta conseguir llegar a algún sitio en lo más alto de la más alta torre, que ni siquiera se sabe si existe.
Le dejo la decisión a Marc, que es el que de verdad conoce la zona, y sabe qué es mejor para nuestra seguridad. Pero, sorprendentemente, Marc no sabe qué hay arriba de aquella montaña, aunque sí que prefiere ir por allí, en vez de por la orilla. No sé, debe ser que, además de ser lo más firme, le gusta la aventura, descubrir nuevos sitios y vivir nuevas experiencias, por lo que al final, decidimos ir por lo alto y, como no, me obliga a ir delante de él, para vigilarme, ver que estoy bien y ayudarme si en algún momento tengo un desliz.
Las rocas son grandes, así que no hay problema, al menos de momento, para posar los pies y subir con equilibrio. Llega un momento en el que ya tienes que usar las manos para ayudarte. Después de algún tiempo subiendo, nos vemos obligados a girar a la izquierda y subir como arañas, teniendo la esperanza de que, en algún momento llegaremos a algún lado, y no se acabará de repente el camino, porque entonces no podríamos bajar.
Se sube sin hablar, con un gran esfuerzo. No recuerdo en ningún momento necesitar la ayuda de Marc. Es raro, pues estamos a unos cuantos kilómetros de altura, sin sujetarnos con cuerdas, sólo con la fuerza de nuestros brazos, y en cualquier momento podemos tropezar y caer al río, ya bastante más ensanchado en el que, desde donde yo me encuentro, los cocodrilos son un poco más grandes que mi dedo índice.
Después de un rato, la pared acaba y vemos un sitio donde poder ponernos de pie, que tiene forma de cuña, algo de césped, piedras, y troncos de árboles reventados por el viento, y partidos por la mitad de una. En ese momento, Marc me mira, como diciendo: "Muy bien campeona, y sin mi ayuda". Yo le miro, y nuestras miradas cruzan sentimientos de satisfacción y cansancio, pero jamás de desistimiento. Sonrío, bajo la cabeza, elegante, me giro, y sigo andando. Hay un descenso empinado pero muy corto, que después se hace cuesta arriba también empinada. Lo cruzamos y no nos lo creemos. Hemos llegado a un llano bastante grande, con dos puentes de madera que atraviesan dos ausencias de tierra grandes que, si miras a través de ellas, sólo ves árboles altos, pero que no nos alcanzan por estar nosotros a mucha más altura que ellos. Y, si tienes la suerte de tener un hueco sin árbol, ves el río, donde los cocodrilos son ya tan pequeños que ni los puedo comparar con mis dedos. ni siquiera con un trocito de césped arrancado del suelo. Si te asomas al acantilado, puedes ver lo mismo, pero sin ningún árbol cerca, todos acumulados en el bosque al otro lado del río por el que al principio nos movíamos, contemplando en su enorme expansión a ese río que antes pretendíamos bordear. Es tan grande. Tan espectacular. Tan azul. Mi mente pierde la noción del tiempo con él, y podría estar mirándolo horas y horas.
Me doy la vuelta, y veo a Marc. Voy corriendo a donde él está. Le llamo mientras voy hacia él. Levanta la cabeza y me mira, y vuelve a sonreír. Es entonces cuando, mientras mis piernas se mueven, pienso en besarle, en plantarle ahí en medio un beso, sin motivo alguno.
Llego con la cabeza en las nubes, imaginando cosas, y me choco con sus brazos. Él los abre y me abraza. Le doy un beso en la mejilla, y me mira, apartando la mirada, como si no le hubiera visto.
Unos instantes después, él se aleja, como triste, y le sigo lentamente:
- Hey!- Le digo entre risas-. Gonna call you Marvin now.- No me responde, y sigue andando, aunque yo sé que se ha reído, o me ha dicho algo bajito que no he logrado descifrar.
Cruza uno de los puentes y, cuando levanto la cabeza, veo la rapidez con la que lo ha hecho, y le pregunto cómo puede haber sido posible.
- Try it yourself, you'll see. - Me dice entre risas.- There´s another wooden plank underneath those. - Señala las tablas de madera que componen el puente. Parece que ya se le ha pasado la tristeza espontánea de antes, y me espera apoyado en un palo de madera que sujeta las "barandillas" del puente. Se cansa y se quita, todavía con los brazos cruzados, con aspecto modesto, y se pone en medio del puente, sujetándose con las cuerdas que abrazan la tabla de madera en la que se apoya. Le miro, y me empiezo a reír, aunque no de una forma descarada.
- What? - Me pregunta Marc marcando ese acento del norte de Estados Unidos, y destacando también esa sonrisa que le ha vuelto a salir en la cara, y la risa que se le escapa sin quererlo.
- I have to teach you spanish, eh, although I prefer English to express myself, but I would love you understood me when I talked in my language. - Mis ojos le miran enamoradizos y elegantes.
- Te quiero mazo - Me dice Marc, sonriendo y balanceándose en el puente, como si fuera un columpio. Yo me quedo sorprendida de que supiera algo en castellano, y sobre todo, que fuera eso. Y, por si la sorpresa ya fuera poca, va y me sorprende aún más diciendo:
- Si te quiero es porque eres mi amor, mi cómplice, y mi todo, y en la calle codo a codo, somos mucho más que dos. Te quiero. De las mil maravillas, tú eres novecientas noventa y nueve, y la otra que falta somos nosotros dos juntos. Vivamos felices, hagamos de este mundo nuestro rincón, para tener nuestro palacio, y, como Romeo y Julieta, nuestro propio balcón.
Mientras Marc dice esto, a mí se me saltan las lágrimas. Jamás pensé que palabras tan tiernas pudieran salir de la boca de alguien. Concluye diciendo - It's the only thing I know in spanish.
- You hid me you knew that! Why? - Le pregunto yo.
Marc se levanta de su columpio y, mientras que dice muy lentamente las siguientes palabras, se va a acercando poco a poco a mí.