jueves, 21 de febrero de 2013

El tren de las 8.

 Siete y media de la mañana. Estación de tren de Madrid. Él sujeta el periódico torpemente a causa de los guantes tan gordos que lleva, mientras hace cómo si lee el primer artículo de la mañana. Intenta distraerse, no pensar en todo lo que pasó la noche anterior. No quiere ni acordarse.

 Aprieta fuerte la bolsa de viaje contra sus piernas. Suspira, mira al cielo, y vuelve a intentar entender qué hace ahí. Si ayer iba todo bien, si hacía menos de 24 horas que estaba sonriendo a su lado, abrazándola y dándole su calor porque los radiadores no funcionaban. Si hacía menos de un día que estaban los dos metidos en la cama disfrutando de la compañia del otro, y contándose historietas y riendo juntos.

 Vuelve a concentrarse en el periódico, mientras oye acercarse a la estación el tren que va en el otro sentido. Levanta la mirada, y contempla el burullo de gente que ha tenido que madrugar para llegar en hora al trabajo aquella mañana de otoño. Ve bajar a tanta gente del tren, que eso parece el bolso de Mery Poppins. Mira extrañado y pensativo a los vagones, sin poder explicarse cómo cabe tanta gente ahí dentro, y observa asombrado la organización inconsciente que se genera, saliendo cada uno exactamente hacia su lado, sin tropezar con nadie, ni rozarse siquiera, como los vomitorios romanos, pues parecido.

 El tren se marcha haciendo un ruido estrepitoso, y cuando el último vagón ha desaparecido de su campo perceptivo, ve a una mujer, más o menos alta, que sufre a causa de los tacones que se ha puesto. Lleva un abrigo largo de color beis, y un bolso que parece bastante caro. Se queda mirándola, e inspeccionando sus movimientos y sus rápidas zancadillas sin sentido alguno. Encuentra algo especial en ella, aunque no consigue averiguar qué es.

 De repente, su tren llega, y en el momento en el que se para en medio de la vía, él vuelve a la realidad, coge su maleta sin prisas y su abrigo apoyado en ella, y se mete en el tren. Esta vez no está repleto de gente. De hecho, está sospechosamente vació. No le es difícil encontrar sitio, por lo que se sienta en el medio de tres asientos para poder apoyar su equipaje en uno de ellos. Cuando lo deja en el asiento, se queda mirándolo fijamente con una expresión bastante seria y entristecida, como si le recordara a algo.

 El tren cierra sus puertas, y el hombre se da la vuelta para mirar a la chica que ha visto antes en el otro andén. Había visto algo especial en ella. Pero en el momento en el que la encuentra, ella ya no está sola. Han venido a buscarla, y parece que el primer beso de madrugada la ha hecho despertar y sonreír por primera vez aquel día.

 El hombre se incorpora en el asiento, y saca otra vez lentamente el periódico, refunfuñando. Piensa en la maldita suerte que tienen, y, sin quererlo, le vuelven a la mente recuerdos de aquella terrorífica noche. Cierra de golpe el periódico, como desatando en él su ira, se lleva la mano a la cabeza, y se pone a pensar en lo gilipollas que ha sido, al no haber aprovechado lo que tenía en aquel momento. Demasiadas cagadas van ya, y no podían seguir así.

 Se pone a pensar y se da cuenta de que es verdad que no podía estar toda la vida haciendo daño a la gente a la que más quiere, y por eso había llegado la hora de irse, aquel momento en el que uno de los dos dice "basta ya", y se acaba todo. No queda ya nada.

 Mira por la ventana cuando ya ha salido de la estación para contemplar por última vez lo que hasta aquel día había sido su hogar. Esa ciudad en la que había vivido tantas cosas, y con tantas personas diferentes. Y se abre camino hacia una vida nueva, para empezar de cero, haciendo las cosas bien desde el principio. Él sabe que siempre la recordará, y que ella a él también, pero que sólo se quedarán con lo bueno, y lo malo lo dejarán atrás.

 Dibuja una pequeña mueca en su cara, que simula una sonrisa, y empieza a leer el periódico, esta vez sí, concentrado en él, mientras el primer tren de aquella mañana deja la ciudad de Madrid.


Ascot.

martes, 12 de febrero de 2013

¿Me quieres?

+ ¿Me quieres?

- ¿Que si te quiero? Eso se me queda corto. Cada vez que te miro, veo historias y momentos perfectos a tu lado. Recuerdos que se me quedan grabados para toda la vida. Esos que le contaremos como anécdotas a nuestros hijos y a nuestros nietos cuando nos pregunten cómo nos enamoramos. Sí, es cierto, a veces veo tristeza en tus ojos, por algún problema con amigos, familiares, o entre nosotros, pero sé que no debo preocuparme, porque sé que la sonrisa te volverá pronto si pasas un momento conmigo y te la devuelvo. No es fácil, pero merece la pena, porque verte sonreír es uno de los pequeños placeres de mi vida, y no voy a permitir que la pierdas así como así. Y además, nuestras buenas rachas compensan con mucho nuestras malas rachas, y eso siempre me ha dado fuerzas para seguir y para continuar demostrándote día a día lo que siento por ti. Que no es pequeño ni mucho menos. De hecho, es tan grande que no sé si podré expresartelo tan fácilmente, que es algo que hay que vivirlo para poder entender cómo me siento. Y quiero que lo vivas conmigo. Que hay muchísimas cosas que me gustan de ti, pero hay una por encima de todas, y es que me dejas ser yo misma, que contigo no tengo que fingir, que es todo tal y como tendría que ser. Sin pensarlo. De cabeza. Que me haces ser de verdad yo, y ser feliz. Y por eso, es por lo que te quiero por encima de todo y más que a mí misma. Que te amo y siempre lo haré, y que siempre estaré a tu lado, te guste o no; viviré los mejores momentos de tu vida contigo, viviré tus lágrimas con tristeza y tus risas con alegría, y viviré momentos melancolicos y momentos perfectos. Por eso, cuando me preguntas si te quiero, simplemente te digo que no hay día que no de gracias a Dios por tenerte a mi lado.



Ascot.