sábado, 22 de junio de 2013

Cuidándote.

 Cógela de la mano y no la sueltes. Juega con sus dedos, y con sus pulseras. Después, humildemente, abrázala por la cintura, pero no tengas miedo, tú siempre firme. Levántala hacia los cielos, hazla volar. Hazla girar sobre ti y que pueda reparar en esa mirada ponderada tuya, que esconde detrás un gran pasado, una gran nostalgia, una melancolía impensable y encalmada.
 Bájala lentamente, pero con amagos de vovlerla a subir. Fíjate en ella, en su sonrisa, sus ojos, sus pestañas y sus lunares, en esas pecas que tanto te chiflan. Y entonces, sólo entonces, tienes permiso de besarla.
 De decirle absolutamente todo, y de amarla hasta el infinito, ida y vuelta, cuatro veces. De inocentemente, acariciarla la cara, y que el viento que sopla te ponga la piel de gallina y un escalofrío suba por tu ancha espalda. Que su pelo te moleste, y tengas que tomarte la 'molestia' de apartárselo con un suave cariño que va desde su chicloso moflete hasta el lunar que tiene detrás de la oreja izquierda.
 Seguido, vuélvela a agrrar de la mano, sigue jugando con sus pulseras y su anillo. Balancea su brazo, haz que se ría. Haz que jamás se tenga que entristecer de nuevo. Haz que estos pasos sean los más tiernos de su corta vida, y de la tuya.
 Hazla tuya. Hazte suyo. Haceos uno.


Ascot.