Bájala lentamente, pero con amagos de vovlerla a subir. Fíjate en ella, en su sonrisa, sus ojos, sus pestañas y sus lunares, en esas pecas que tanto te chiflan. Y entonces, sólo entonces, tienes permiso de besarla.
De decirle absolutamente todo, y de amarla hasta el infinito, ida y vuelta, cuatro veces. De inocentemente, acariciarla la cara, y que el viento que sopla te ponga la piel de gallina y un escalofrío suba por tu ancha espalda. Que su pelo te moleste, y tengas que tomarte la 'molestia' de apartárselo con un suave cariño que va desde su chicloso moflete hasta el lunar que tiene detrás de la oreja izquierda.
Seguido, vuélvela a agrrar de la mano, sigue jugando con sus pulseras y su anillo. Balancea su brazo, haz que se ría. Haz que jamás se tenga que entristecer de nuevo. Haz que estos pasos sean los más tiernos de su corta vida, y de la tuya.
Hazla tuya. Hazte suyo. Haceos uno.
Ascot.