Madre de tres hijos, uno de ellos aún sin habla, y el mayor de todos ya en la universidad. Marido respetado, cariñoso y protector, siempre pendiente de los suyos, ayudándoles en cuanto podía y enseñándoles lo dura que puede llegar a ser la vida. Aunque eso, desgraciadamente, ella ya lo sabía. Le había tocado la parte mala.
La habitación estaba oscura. Aún no había amanecido y pocos rayos de luz entraban por las rendijas de la persiana. Aquel sillón, confortable y blando, le permitió, o al menos le facilitó, soltarse y decir todo aquello que le había reconcomido por dentro durante tanto tiempo. Aquello que no le había permitido disfrutar de todos aquellos años junto a los suyos, junto a los que ella quería. Aquello que se había tenido que callar para que al menos los demás pudieran ser felices, y que la última imagen que ella tuviera suya no fueran caras largas, sino sonrisas.
Fueron dos cosas: una carta, para el padre y los hijos, pidiendo perdón por haberlo mantenido callado, sufriendo en silencio, pero también explicándoles las razones de por qué tomó esa decisión, y que también describía todos aquellos años viviendo en penumbra y sombra, con dolores que ni ella se creía, ni ellos serían capaces de entender; y otra, su testamento, aquello en lo que confirmaba la teoría, organizando sus pertenencias y dándoles un nuevo dueño.
Lágrimas abandonan su cara y llegan al papel, emborronando las últimas líneas de la carta. Intenta limpiarlas, pero se extienden aún más. Las aparta con un pañuelo y parece que ya se puede descifrar aquello que ha sido escrito en ese papel amarillento.
Cuánto echará de menos todo, los árboles, el olor a humedad cuando llueve, el jugar con sus hijos saltando en los charcos después de una buena tormenta...
Sus hijos... Que será de ellos. Su marido... Llorará como nunca. Se echarán de menos. Pero algún día se encontrarán, tarde o temprano. Ella lo sabe. Y con sus hijos también, y estarán guapísimos y habrán hecho de sus vidas un paraíso en la tierra. Está orgullosa de ellos.
Coge un sobre e introduce la carta, y en otro el testamento. La carta la esconde, en un lugar donde sólo su marido y ella conocen. Ella sabe que él sabrá dónde encontrarla. No quiere tampoco forzarle a leerla, y por eso no la entrega en mano. El testamento, lo guarda en su mesilla, aguardando a ser abierto.
Amanece, y ya brilla el sol en la ciudad de Santander. Pájaros revolotean por el cielo, y ya se pueden oír los primeros cláxones de la mañana. Se mete en la cama, con cuidado de no despertarle. Le mira. Tan perfecto como siempre. Le da un beso que le hace abrir los ojos y contemplar aquello que más le enamora nada más despertarse. Sonríe y la abraza, suelta un "buenos días princesa" y la achucha.
Ella sonríe, cierra los ojos, y expira.
Ascot.